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Crusader Kings III

Crusader Kings III

Ya hace más de un mes que Crusader Kings III está disponible. Nos hemos tomado nuestro tiempo en realizar este análisis y es que nos encontramos delante de un juego ambicioso y complejo al que hay que dedicar decenas de horas antes de poder sacar conclusiones sólidas. Aunque igual alguno suspira ahí, no, esas horas me han pasado realmente volando y más de una noche me he encontrado, de nuevo, mirando al reloj sorprendido de cómo se ha podido hacer tan tarde. Una partida como tal, desde que escogemos nuestro personaje y si conseguimos sobrevivir hasta el final, puede durar más de 50 horas.


El juego es mucho más asequible que sus antecesores, pero sigue escondiendo una gran complejidad que puede amedrentar a más de uno. Pero superados esos primeros momentos, nos encontramos delante de un juego capaz de generar historias sin parangón – una visión alternativa de la historia sobre la cual podremos influir como gobernantes de nuestros territorios. Qué pasará si los vikingos invaden Inglaterra, o los Mongoles son frenados en su intento de expansión, o Europa es dominada por los musulmanes, o el Papa de Roma adopta el canibalismo (lástima, esto último lo cambiaron, pero podemos hacer que nuestra religión sea un culto caníbal, entre otras muchas posibilidades, como adoptar el Primitivismo natural, en el que sus practicantes no llevan ropa)…

Crusader Kings III

Crusader Kings III tiene un tutorial, que sirve como buen punto de partida, pero se queda bastante corto en muchos de sus aspectos. Vamos a tener que aprender, realmente, a prueba y error, adoptando sus diferentes sistemas progresivamente y profundizando en ellos con el paso del tiempo. Esta forma de aprender «a golpes» es parte del aliciente, supongo, experimentar para mejorar. Aunque a menudo esto puede suponer el fin de nuestro linaje y, por ende, de la partida.

El único objetivo que tenemos: hacer que siempre tengamos un heredero o heredera con la cuál continuar la partida cuando nuestro personaje llegue al fin de sus días. A partir de ahí, nos lo podemos tomar como queramos y proponer nuestros objetivos históricos, desde intentar pintar el mapa del mundo de nuestro color mediante agresivas conquistas, a dominar los entresijos de la corte y de las de nuestros vecinos para crear la dinastía más poderosa del continente, o del mundo. Podemos empezar como el emperador, o como un simple vasallo, y a partir de ahí cambiar el ciclo de la historia a la escala que queramos.

Crusader Kings III

Así pues, antes de estar aquí escribiendo estas líneas me he pasado horas y horas con dos grandes campañas. Mi primera, que es uno de los escenarios propuestos por el juego, asumir el papel de uno de los hijos del mítico Ragnar Lodbrok (el mismo de la serie Vikings) para intentar vengar la muerte de su padre a manos del Rey Ælla de Northumbria. Esta campaña empieza en la más temprana de las dos fechas de inicio, 867 o 1066, coincidiendo con la grán invasión vikinga de las tierras del norte de lo que hoy en día es el Reino Unido. Podríamos haber escogido perfectamente el otro bando, y representar a Alfred de Wessex para unir los reinos de Inglaterra como hizo en su día. Nah, ser vikingo mola más.

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Así que manos a la obra con Bjorn Costados de Hierro para vengar a mi padre… solo para sucumbir a la furia de mis vecinos nórdicos al cabo de unos años. Las casas de madera queman bien. Bjorn emfermó y, un intento del médico de la corte en curar la enfermedad provocó la deformación y eventual muerte del protagonista. Por suerte, no sin antes dejar descendencia. Pero el hijo Hali, murió en uno de los combates con las tribus vecinas sin dejar descendencia. La muerte de la hija me llevó al fin de la partida.

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Un montón de videos de Youtube después ya me veía con fuerzas de realizar mi segundo esfuerzo. Esta vez opté por empezar en la Península Ibérica, en el 1066. Podría haber escogido otro de los escenarios propuestos en Crusader Kings III, el llamado «Hispania en pedazos», donde nos propone ser uno de sus tres hijos que han hereado una parte del Reino (la verdad que este escenario, por la próximidad que representa para muchos de nosotros, es divertido). Pero no, yo me quedé aún más cerca y escogí otro gobernante. Al fin y al cabo podemos decidir escober cualquier gobernante del 876 o 1066. Según lo que escojamos, el juego tendrá mayor o menor dificultad.

Así pues, le tocó el turno al Duque Ramón-Berenguer «el Viejo» de Barcelona. ¿Viejo? Si tiene 43 años el chaval… así que «viejo» como yo. Porque como amante de los retos, y porque me gusta conseguir logros del juego, me puse con el modo Ironman, que no permite cargar una partida si las cosas han ido mal. Nada, yo soy un tipo duro y si van mal, pues a empezar de nuevo. Tras tres inicios más o menos fallidos, con el cuarto, conseguí llegar al final.

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La idea, conquistar el Mediterraneo, dejando el resto de la península para aragoneses, navarros, castellanos, leoneses, gallegos o alguno de los varios reinos andalusíes bajo el mando de varios emires. Así pues, manos a la obra. ¿Qué hace este jeque vecino con las tierras de Lérida y Tarragona? Esas, como parte de iure del ducado de Barcelona deberían ser mías. Tengo un «casus belli» pues, o razón para poder declarar la Guerra al jeque Yusuf ibn Suleyman de Lérida. Claro que su fuerza militar es muy parecida a la mía, con sus 771 tropas (entre levas y caballeros), mientras que yo tengo algo más de 1000. Igual ir un poco más sobre seguro, y como mi descendiente y heredero, Pere-Ramon de Barcelona, no está casado, pues podemos buscar una buena pretendienta por la zona para crear así una alianza.

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Mejor no liarse con alguien muy lejano, cerca de aquí, en la corte de Navarra, tenemos a Infanta Urraka Gartziez. Igual se le pasa esa mala leche que parece tener en la noche de bodas. Pero con este matrimonio, que el Rey Antso IV de Navarra aprobará por los pelos, porque Urraka se casa a peor, mi hijo Pere-Ramon ganará un montón de prestigio. Hay riesgo de consanguinidad, pero siendo la primera generación, es un riesgo que podemos asumir. Así pues, tras una maravillosa boda, nos enfrentamos a nuestro jeque vecino para completar el ducado de Barcelona. Llega el momento de nuevas decisiones: podemos gastarnos gran parte de nuestro Prestifio para someter al Jeque y quedarnos con su título (y el como vasallo), o gastar Piedad y declarar una Guerra Santa ya que nuestro enemigo es de la fe muwalladí y nosotros somos católicos. O igual vamos condado por condado, que el jeque de Lérida tiene dos, el de Lérida y el de Tarragona, algo que sale más barato pero que llevará más tiempo, ya que no podemos redeclarar una guerra justo habiendo terminado la anterior, o si, pero con un gran coste en nuestra credibilidad.

Decisiones y más decisiones, esta es la tónica de Crusader Kings III, desde las más personales a la administración y politiqueo con nuestros vecinos y aliados. Lo que empezó siendo el primer paso en la conquista del Mediterráneo terminó acabando la conquista de Hispania y reinos del norte de África. Al fin y al cabo, las Guerras Santas con varias de las fes musulmanas hizo más fácil conseguir casus belli y excusas para guerrear.

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Pero claro, no sin antes casi perderlo todo cuando el hijo de Pere-Ramon pierde el Ducado de Barcelona y pasa a ser un mísero conde y vasallo de una pretendiente al título que se subleva con éxito. Pero la nueva duquesa va a la cárcel por fornicadora, un pecado para los católicos, y termina perdiendo el ducado que vuelve a las manos de Pere-Ramon.

Por suerte, la mayoría de mis gobernantes iniciales solo tienen un hijo varón, algo que facilita enormemente las cosas a la hora de heredar títulos. Dependiendo de las leyes de sucesión, puede que se tengan que repartir los títulos entre todos los hijos en el momento de morir, complicando mucho las cosas si nuestro objetivo es conseguir un gran imperio. En ese sentido, ciertas culturas, como la de los vikingos, tienen leyes de sucesión más favorables, como la denominada elección escandinava, donde los vasallos votan por escoger el siguiente gobernante. Con el paso del tiempo y el descubrimiento de nuevas leyes y formas de gobernar, leyes como la Primogenitura se hacen disponibles. Cualquier cambio de las leyes de sucesión debe ser aprobado por nuestros vasallos más poderosos.

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Como este, hay muchos otros sistemas en el juego para convertir nuestra experiencia en algo muy personal. Podemos controlar las leyes de los ducados, el contrato feudal con cada vasallo, las doctrinas religiosas…

Tenemos un Consejo formado por algunos de nuestros miembros de la corte y vasallos, que podemos asignar en función de sus capacidades. Por ejemplo, como mariscal debemos poner a alguien con la mayor capacidad marcial que podamos, mientras que como Jefe de espías mejor tener a alguien con intriga. Pero no siempre es fácil escoger, hay que tener en cuenta que algunos de nuestros vasallos son poderosos y quieren tener un sitio en el consejo por malos que sean. Si no, su actitud sobre nosotros es penalizada cosa que puede tener sus riesgos en modo de sublevación. Determinar quién entra en el Consejo siempre es una decisión limitada.

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Los miembros del consejo realizan varias acciones, desde la diplomacia exterior a interior, a la recogida de impuestos, control de la región, conversión de la fe, conjuras varias o búsqueda de secretos en nuestra corte u otras. Nuestra esposa, que también tiene sus cualidades, se usa para aumentar alguna capacidad específica. Si para un papel en concreto escogemos a alguien que no tenga mucha capacidad para la labor, tendremos efectos indeseados. Cosas como la pérdida de impuestos, enemigos consiguiendo derechos sobre nuestro territorio o disminución de un condado. Por otro lado, tener gente buena en los atributos necesarios tendrá efectos positivos.

Y cuando alguien nos sea molesto, pues igual podemos hacer que tenga «un accidente» en el bosque. El asesinato es una medida también muy útil si nos «sobra» algún hijo, o queremos ser los primeros en la línea de sucesión de un título concreto. Mientras no nos pillen, claro. También hay formas más sutiles de eliminar a alguno de nuestros vasallos caballeros, obligando a que esté siempre en la primera línea de nuestras tropas… que casualidad que le ha tocado ir a atacar a ese gran emir que tantos soldados tiene con su guerrilla de 100 soldados. Oh, que pena.

Todos los personajes del juego tienen atributos y personalidad, así como una orientación sexual. A lo largo del juego nos vamos encontrando con historias emergentes, un montón de promiscuidad e hijos bastardos, fornicadores, borrachos o herejes. También historias personales como la adopción de un perro o gato y las consecuencias que ello pudiera suponer.

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Si actuamos en contra de la personalidad del personaje, esto hace subir nuestro marcador de estrés. Si tenemos el rasgo Avaricioso, por ejemplo, cuando nos enfrentamos a decisiones que supongan gasto de dinero, eso supondrá un aumento del estrés. Si acumulamos mucho estrés, sufriremos efectos negativos que pueden llegar a ser desastrosos si alcanzamos el máximo nivel. Esto hace que tengamos que jugar en función de nuestra personalidad como personaje, algo que nos lleva por caminos que no hubiesemos escogido si tuvieramos total libertad y nos pone ciertamente fuera de nuestra zona de confort. Hay que dejarse llevar por este aspecto de role-play que nos llevará a historias fascinantes, a generar amantes o tener temibles rivales, cuya muerte nos hará felices (y reducirá estrés).

Todo personaje del juego tiene una actitud frente a nosotros, pero también entre ellos, por lo que el potencial que «pasen cosas» es enorme.

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Y luego está el tema de los títulos, desde lo más bajo que puede ser un Condado, a lo más alto que sería un Imperio. Por enmedio tendremos Ducados y Reinos. Tenemos un límite en cuanto a nuestro dominio. Dependiendo de nuestras capacidades, podemos tener varias posesiones (castillos, en general) en varios condados. Pero a la que incrementamos nuestro dominio, tenemos que empezar a repartirlo entre vasallos que podemos escoger entre los miembros de la corte. Aquí es importante escoger bien, porque si por ejemplo damos muchos títulos a un vasallo concreto, este acumula poder y puede llegar a sublevarse mediante la creación de una facción en contra nuestro. Por otro lado, si, por ejemplo, el título del ducado lo tiene alguien diferente que el que tiene los condados por debajo, esto genera tensión y el conde nos tendrá tirria porque no le hemos dado el ducado. Encontrar un buen equilibrio entre los vasallos es necesario para intentar reducir la tensión al máximo.

Pero además, los condados tienen diferentes baronías, lugares donde puede existir un castillo, una ciudad o un templo. Los dos últimos controlados por alcaldes o clérigos. El nivel de cada posesión genera cosas como mayor recaudación de impuestos o mayor número de levas. Además, podemos expandir cada uno de ellos mediante la creación de edificios, desde puertos a granjas, a campos de entrenamiento o barracones. También hay edificios especiales para la capital del ducado. Ciudades, templos y castillos pueden también, a su vez, ser mejorados y estas mejoras dependen del nivel de Desarrollo de la baronía concreta. Pero a mejor desarrollo, más impuestos y capacidad de levas en un territorio concreto.

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Hablando de levas, esta son una parte fundamental de nuestras tropas. Pero a las levas de cada condado, podemos añadir unidades militares especializadas, los Hombres de armas. Estos pueden ser de varios tipos y tienen un coste mensual, altamente incrementado cuando nos encontramos en tiempo de guerra. Los hombres de armas tienen características diferentes, siendo más efectivos según el tipo de terreno o contra ciertos tipos de tropas. La lucha entre dos ejércitos es un complejo juego de piedra-papel-tijera, pero con muchos más factores, desde el número de tropas, a la cantidad y tipo de Hombres de armas, al terreno donde se disputa la batalla. Por ejemplo, algo muy común que veremos es que si una tropa enemiga tiene un número muy inferior al nuestro de soldados, intentará situarse en terreno montañoso, más fácil de defender con menos tropas, pues el ancho de la batalla es diferente.

Además, tenemos a nuestros Caballeros, cuyo número varía en función de nuestros títulos y reputación. Cada caballero tiene un nivel de proeza concreto y son esenciales en el campo de batalla haciendo que la eficacia de las tropas se dispare.

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Si tenemos muchas pérdidas de tropas o nos liamos en muchas guerras, pero tenemos el dinero suficiente, siempre podemos contratar Mercenarios, tropas que se unen a nuestra causa por un periodo concreto.

En todo caso, no podemos estar continuamente en guerra, o nuestros cofres sufrirán enormemente. Además, hay que estar preparados si nuestros aliados nos necesitan o nos llaman a una gran Guerra Santa, donde decenas de miles de tropas se encuentran para combatir por Jerusalén. En el caso de los católicos de Hispania, el Papa nos convocará a las Cruzadas en ciertos momentos históricos. Entonces podemos elegir a un beneficiario entre nuestros cortesanos que se hará con una parte del botín en caso de victoria. Si somos los que más participamos en la Cruzada, y salimos victoriosos, nuestro cortesano tendrá el título de Jerusalén (e incluso se nos propone si queremos seguir la partida con este personaje).

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En todo caso, en tiempos de guerra, es muy importante tener aliados, ya sean conseguidos mediante alianzas matrimoniales o miembros lejanos de nuestra propia casa o dinastía. Tener amigos a los que acudir en tiempos de necesidad es bueno, pero cuidado, está el riesgo de que nos pidan ayuda para defender sus territorios en aquéllos momentos que no estamos para guerras. Como todo en este juego, es un precario equilibrio donde una decisión errónea puede tener graves consecuencias.

Pero lo mejor es jugar en el modo Ironman, que hace que todas las decisiones sean mucho más emocionantes. Aprender a asumir las consecuencias es… interesante.

Claramente, Crusader Kings III es un juego complejo en el que hay que aprender a dejarse llevar y no querer controlarlo todo. Meterse en el papel de los personajes hace que tomemos decisiones variadas y diferentes y es este aspecto humano el que convierte a este juego de Grand Strategy en algo mucho más cercano y personal… mientras no estemos en pleno camino de los mongoles.

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Además, ya hay cientos de mods para experiencias aún más variadas y hay varias expansiones planificadas para el futuro. Crusader Kings III nos mantendrá enganchados mucho tiempo, uno de aquéllos juegos con una relación entre precio y tiempo de juego fenomenal que, además, está presente en el Xbox game pass para PC por si queremos echarle un vistazo. Claramente, no es un juego para cinco minutos, si no uno para meterse y entender. Si hacemos eso, estemos preparados para ver el amanecer cuando solo queríamos avanzar un poquitín más.

Y yo solo he visto la punta del iceberg, que aún no me he metido con las culturas orientales y, en las africanas, solo como conquistador. El juego abarca desde Europa hasta el oriente lejano, así que tenemos experiencias para rato.

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Crusader Kings III

Nos consolamos con:

  • Sistema extremadamente complejo, pero asequible.
  • Generación emergente de historias.
  • Horas y horas de variado juego.

Nos desconsolamos con:

  • Bastantes errores de localización en español.
  • Puede ser abrumador al principio y el tutorial cubre una pequeña parte.

 

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