Impresiones de Ryse: Son of Rome. Los romanos se hacen más fuertes, pero todavía les falta

Ryse

Todos los exclusivos para el lanzamiento de Xbox One tienen calidad de sobra en sus diferentes géneros, pero si hay uno que siempre muchas dudas, ése es Ryse: Son of Rome. Y no precisamente por sus gráficos, que es donde sí que deja boquiabierto, sino por todo lo demás, ya que a pesar de que se han hecho bastantes mejoras respecto a su primera demostración pública en el E3, hay cosas que siguen fallando. En la Gamescom empecé a notar cierta mejoría, y aunque esto es así con una versión casi definitiva, sigue habiendo aspectos preocupantes.

En esta nueva versión, sólo podíamos jugar al modo Arena de forma individual, y en el mapa del Coliseo, que es bastante cerrado. Al menos, ya estaba completamente en español, tanto voces como textos (todo muy bien localizado, todo sea dicho). Lo bueno de las partidas que eché es que comprobé cómo la dificultad la han aumentado bastante, haciendo que los bárbaros con escudos o que esquivan sean bastante más complicados de matar que en la Gamescom.

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Por eso, emplear las volteretas y empujes con el escudo es más importante que nunca, ya que es la única forma de poder romper sus defensas. Pero al emplearlas más, se notaba muchísimo un fallo: no podemos hacer absolutamente nada mientras el personaje esté realizando la animación de turno. Por eso, si estamos atacando a uno, y de repente vemos que tenemos que dar una voltereta para esquivar a alguien que nos va a golpear por la espalda, lo más probable es que nos acabe dando porque la animación de nuestro ataque no se ha terminado. A la hora de bloquear no pasa eso, pero como hay ataques que sólo se pueden esquivar (los reconoceremos porque el enemigo se pondrá rojo), a veces es una tontería.

Esto rompe bastante el sistema de combate a lo Batman: Arkham, ya que si no se tiene la fluidez para realizar un simple esquiva, ¿qué más no se podrá hacer frente a situaciones o enemigos más complicados? En gran medida, el aumento de dificultad se debe precisamente a esta tara jugable, con que habrá que ver cómo se comporta el título en la versión final.

Ahora, yendo a lo positivo, tenemos que las diferentes pruebas que tenemos que ir completando en la Arena son aleatorias, por lo que a veces nos tocará acabar con unos arqueros en posiciones elevadas (hay lanzas y ballestas para ello), quemar búnkeres, destrozar catapultas o tomar un punto de control. Todo esto intercalado con objetivos más básicos, como matar a todos los bárbaros que se muevan.

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Al empezar la partida, se podía escoger un dios al que alegar nuestra acción, lo cual nos daba un poder mágico diferente, y una habilidad especial propia. La que me pareció más útil fue la de que, al realizar una ejecución (los “famosos” QTE que, aunque los falles, se siguen completando), te dieran algo de vida, ya que así me volví a sentir como en la demo de la Gamescom: como uno paseo por el parque. Eso que esta vez no había un compañero para ayudar, con que de nuevo, la preocupación por la dificultad estaba a la orden del día.

Un aspecto de la consola que experimenté mientras estaba jugando era el de que te grabara el momento en el que consigues un logro, ya que conseguí un par de ellos, y junto al clásico mensaje de “Achievement Unlocked”, salía otro justo después para decir que se había grabado el vídeo. Lógicamente, no nos iban a dejar verlos, pero al menos ya se podía ir comprobando que esta funcionalidad va a ser completamente automática, y seguramente, de agradecer para explicar a los amigos cómo hemos logrado X logro.

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En definitiva, Ryse: Son of Rome sigue siendo uno de los mejores exponentes tecnológicos de lo que puede llegar a ofrecer Xbox One, ya que a falta de probar la integración con Kinect, los gráficos y el sonido son impecables. Sin embargo, la jugabilidad es donde sigue habiendo más taras, algo que realmente espero no empañe, como mínimo, el modo Historia, ya que la ambientación romana es demasiado buena como para echarse a perder.

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